¿Se pueden juntar amor y control?

Wilson Vidal

Wilson Vidal Sotomayor

¡Uf, qué difícil! Sin embargo hay personas que lo intentan, por lo general causando un gran sufrimiento para sí mismos y para aquellos a quienes aman . Estamos hablando de amor en un sentido amplio, abarcando el amor hacia los hijos, los amigos, los padres y las parejas.

Quienes confunden o mezclan estas dos maneras de vincularse sin duda tienen sentimientos de amor por los demás, pero a la vez basan su interacción con el otro en un intento por determinar su comportamiento, sin consultarle y sin respetar su derecho a decidir libremente cómo actuar. Maniobran de distintos modos para lograr que el otro se comporte como ellos quieren. A veces sólo dicen «tienes que hacer esto», pero no como un consejo, sino como una directiva. Por ejemplo: un miembro de la pareja dice «me duele la cabeza», y el otro «ya te he dicho cien veces que no te abrigas lo suficiente, pero no me escuchas». Otras veces pueden llegar a ejercer autoridad, a manipular a través de hacer sentir culpable al otro, o directamente a usar la agresión, ya sea verbal o física. Son amores difíciles. Sus actitudes son de esas que deberían producir mucha vergüenza.

Hay una gran contradicción en mezclar amor y control. Cuando amamos a otro valoramos su persona como un todo y vemos con cariño y respeto sus decisiones libres. Pero ejercer poder sobre otro requiere que ignoremos ese derecho a libre decisión; ese ignorar el derecho del otro se instala fácilmente y pronto se convierte en dejar de valorarlo. Se torna más importante lo que el controlador quiere que el otro haga. En muchas relaciones humanas, como en las de la autoridad legítima (padres, jueces, profesores, médicos, etc.), es necesario y aceptable que se ignore el derecho del otro a autodeterminarse, pero no que se le quite el valor.

La autoridad o el poder legítimamente ejercido es aquel en que el controlado reconoce la facultad de la autoridad para decidir sobre nuestro comportamiento; pero siempre existen contracontroles y límites. Cuando los padres ponen límites sanamente a sus hijos, tienen clara consciencia de que están sobrepasando los impulsos y deseos de sus hijos, y saben hacerlo con firmeza, pero con amor. Si uno de los miembros de una pareja intenta sanamente que el otro cambie alguna forma de comportamiento, dialoga, intenta persuadir, argumenta y, sobre todo, espera; espera que el otro comprenda y eventualmente decida libremente cambiar.

Para hacer una buena vida, no se puede mezclar amor y control. Esto es categórico. Si alguien ama a otro, ha de respetar y valorar el derecho que éste tiene de decidir por sí mismo cómo comportarse en cualquier circunstancia.

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